“El sol y la carne”o la belleza y el dolor, de Camila Charry Noriega

 

La sensualidad no es necesariamente erótica. A veces ni siquiera se acerca a ese concepto. La sensualidad es la contemplación animal: observar en los animales la transparencia del instinto que ya no se puede ver en nosotros mismos, porque los seres humanos somos el peor objeto de observación de la naturaleza. Ya que hemos aprehendido todo: lo malo, lo bello, lo feo, lo oscuro, lo conmovible, lo asombroso. Hemos perdido el instinto. Entonces ya no somos seres puramente sensuales. Somos un hibrido entre la realidad y la tensión.

En cambio los animales sí son hechos y casos de la naturaleza pura. Su instinto es sensual.

Y por ello, poetas como Camila Charry Noriega llegan a buscar el instinto primario de la belleza en ellos.

Los poemas que conforman el libro “El sol y la carne” se habitan de reses, plumas y pieles salvajes que se prestan para la poesía de manera tan bella y sutil, como el mismo paraíso y el mismo horror de la naturaleza humana

 

Ese pájaro vino

y se contempló en mis ojos.

Supo que alguna vez

–no sé cuándo–

había sido yo.

 

Voló atravesando la noche como un sueño

y su nido hecho con largos mechones de mi pelo

ardió en su vientre.

 

Este libro tiene la pujanza del dolor y el abrazo de la sutileza, frente a la brutalidad de la descripción que, sin ser tremendista, es adaptada para que la fuerza del desgarramiento sea también la belleza. Esa luz que tiene la lucha: el sexo, la vida, la muerte, el amor.

 

La conciencia de la voz poética de este libro es dura, firme y realista. Es una voz que no edulcora:

En los ojos abiertos de la res muerta el niño se contempla un instante

y comprende sus propios ojos

 

Este libro no es un escenario de colores pasteles. Es la realidad y la belleza de esa furia real que dejó de ser natural, porque ahora los hombres matan no por naturaleza, sino por la inteligencia o desde la inteligencia. Y si matan, también odian, también fingen, también destruyen en nombre de la comodidad, el individualismo, el confort.

 

Pagarás por tu silencio

y por tus palabras

por tu falta de pudor

por haberte hincado ciego

ante los dioses de la tarde.

Pagarás por ofrecerles el hígado y los labios

por dejarlos oler tu bilis y tu miedo

por llorar

y por amar


el oscuro ministerio de lo ausente.

 

En el transcurso del libro también hay tiempo para ocuparse de la voz más intima de su poeta. Dándole importancia a lo que direcciona la belleza. Dice:

 

Olvido todo.

Menos a un perro amado,


menos su ternura,

su enfermedad.

Humo la memoria que lo trae de vuelta

que desconoce mis manos

y las horas felices.

 

Son los perros los paisajes de su voz. La estatua perfecta que componen sus recuerdos. Su debilidad perfecta. Ella y los animales parecen ser parte de una naturaleza dolida por la otra especie a la que se pertenece en la inteligencia.

 

Poeta de hondura extrema. No es solo lo que ve y nos transmite con sus imágenes. Es el corazón de sus palabras que atraviesan la puerta de lo que es la poesía descriptiva hasta ser la palabra que se entronca en algo más. Siempre en algo más.

 

El libro está compuesto por dos unidades divididas más por esa peculiaridad entre lo hostil y lo intimista.  Un epígrafe de Edmond Jabés nos lleva hacia la nueva realidad: el vacío como concepto y aceptación, hasta alcanzar conceptos y versos tan bellos como:

No hay fruto en la palabra flor

 

Este verso es ya un poema completo, complejo y dispuesto a cualquier reflexión, a todo despertar de la intuición.

 

En el último poema parece haber un diálogo entre la primera y segunda parte del libro, donde los animales, el acto poético y la intimidad de la voz poética conviven:

 

Cuando caiga la última palabra

bajo el puente y entre los animales muertos

todos puertos que hemos olvidado,

aun existirá el recuerdo de la juventud

para constatar que se ha dejado la piel ante el templo.

 

El amor como el más fiero de los mares

nos devolverá a los pies el esqueleto tibio


de lo que la vida reclamó para que la felicidad o el tedio

hicieran de nosotros.

 

Ya para cuando leamos este poema, estaremos convencidos que este libro es una obra hecha con paciencia y lentitud, como cuando uno mira pasar un otoño de otro otoño, y aunque no puede mirar a los árboles para notar la exactitud con que caen las hojas, en un extraño y sutil guiño de ojos ya se han caído todas.

 

– por Xavier Oquendo Troncoso

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