Teresa Orbegoso, la patria del poema

 
Hay heridas que nunca cicatrizan. Sólo flotan sobre la piel y se empozan en los poros como guiños de la memoria. Hay ciudades que son hogar y son destierro, que nos insuflan o nos consumen hasta abigarrarse y ser una partícula nueva en la sangre, transformando nuestra manera de ver el mundo y convirtiéndonos en el peso de la gota sobre una hoja, en la patria del poema y del desvarío. A cierta edad, entendemos que la cultura no es algo estático, sino inestable; y que nuestros ojos pueden ser las arcas que transportan los nudos que sostienen el origen, así como el cascajo de recuerdos que se sedimentan en el silencio para renacer en nuestra voz.

El recinto arde. Es y no es nuestra casa. Sentimos el puño de alguien golpeando con perseverancia la puerta, pero la caverna está vacía. No hay nombres, ni señas, ni tristeza. La soledad de la estancia corta el aire y revuelve el olvido, las imágenes de una niña, una adolescente y una mujer creciendo entre retamas, huacas y cantos forman una película infinita de lo que fue, de lo que ES. Son cerros, huaynos y fuego lo que la cubre, lo que la anima a zurcir y a descoser en los poemas las hebras de su historia. Esa niña hoy es mujer, y recuerda a su padre y a su patria en él. A los virreyes, a los incas y a las múltiples culturas soplando desde su vejez. Sin duda, el Perú es un malestar o una angustia, pero también una esperanza.

La armonía del dolor y la reconciliación con el pasado familiar y personal se encuentran resumidas en Perú, poemario de Teresa Orbegoso. La autora plantea con él un recordaris de su vida en su país natal; una tierra que, como su texto, se encuentra inundada por un conjunto de presencias que guían nuestra travesía por los intersticios del corazón y de la mente. No obstante, no se debe pensar que estamos ante un poemario instalado en el recuerdo, ya que Perú crece como crecen las piedras y avanza como avanzan los árboles. Sus raíces no siempre están ocultas y, cuando se dejan ver, lucen sonrisas y lágrimas en una misma niebla que se empecina en esconder el pasado, aunque sin éxito.

Llegados a este punto, recordemos que la poeta vive desde hace algún tiempo en la Argentina. Todos quienes hemos vivido exilios prolongados, sea por decisión personal o impuesta, tendemos a formar nuevos lazos o puentes que, por la lejanía, se convierten en nuestro cordón umbilical con esa tierra madre que nos vio nacer, con nuestra identidad y el microcosmos formado en un país en donde se complementan visiones milenarias de comprender el mundo. Perú es entonces historia, pero también vida. Y en este poemario ese cordón umbilical se delimita por una relación que, al contrario de mostrarse tensa o atormentada (como podría serlo en el caso de una paternal), se luce como una sana vía para llegar a la conciencia, al entendimiento de lo realmente importante y de un entramado de interrogantes y dudas en las que la palabra del padre, quizá como un chamán, nos indica el norte desde la niñez y así cruzar la historia.

En Perú las heridas están expuestas. Llegan desde las diferentes voces de escritores, huacas, danzantes de tijeras, dioses occisos, viejas civilizaciones y un largo etcétera que nos hablan de un país en estado de gracia natural, pero en estado de desdicha habitual al no oír el eco de las experiencias de sus antepasados. Las metáforas caen en nuestros oídos como potentes huaycos que nos despiertan; y el gran nudo (o quipu) de la vida se afloja entonces lo suficiente para permitirnos atisbar, en tono de elegía, los hábitos que explican lo que las palabras sumergen. Así crea Orbegoso. Así construye el recuerdo de su país.

La geografía de este libro es tan extensa como la de nuestra nación. Pasa por la infancia y la primera juventud de su autora. Por sus relaciones de familia, la historia de su país, el misticismo no católico y las referencias a la cultura peruana precolombina y colonial en los que, verso a verso, la poeta labra los poemas al ritmo de un huayno y zapateo muy íntimo, para sorprendernos y revelar ante nosotros las nuevas formas que adopta la evocación del pasado bajo el peso de su pluma. A su vez, la historia nacional trabaja en conjunto con la personal cruzando la introspección para adoptar la voz de aquello que le generó los sinsabores. La familia, y como dije en particular la figura del padre como maestro y creador, es la piedra angular en torno a la que giran estos poemas como una pulsión continua que nace de la memoria para manifestar el mundo tal como lo vio y lo vivió la poeta, un mundo que no siempre fue perfecto pero sí aleccionador, a través de un bien estructurado paralelo entre la patria (la eterna madre) y el padre.

Es así como Perú, de Teresa Orbegoso, desciende y se abre camino entre los escombros y las tramas del pasado, no para lamentarlo sino para hilvanar, a partir de él, los nuevos nudos que resistirán el peso de los recuerdos y, también, el de los nuevos tiempos.

 
Mario Pera
Primeras garúas de Lima, 2016

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