Vida de poeta: apuntes sobre Ana Cristina Cesar

 

Para comprender el lugar privilegiado que ocupa Ana Cristina Cesar en la historia reciente de la literatura brasileña, es necesario tener en cuenta sus datos biográficos. En el caso de esta poeta singular, que fue testigo del estallido 1968-1969 en Europa (cuando todavía era adolescente y asistía a la Richmond School for Girls, en Londres), fue estudiante universitaria durante los años de plomo de la dictadura militar brasileña (participó en la célebre Marcha de los 100.000 en Río de Janeiro) y murió tempranamente en las puertas de la apertura democrática y de un renacimiento cultural que fue estableciéndose tímidamente en el país en el transcurso de la década de 1980, vida y obra se funden de un modo excepcionalmente fuerte y se vuelven casi indisociables, no por razones explícitamente políticas (si bien podría señalarse un cierto compromiso feminista en su obra, aunque sofisticado y no panfletario), sino por la naturaleza misma de su escritura y sus circunstancias. Ana C. -abreviatura por la que llegó a ser conocida- se transformó en un nombre emblemático dentro de una generación, de una época (los últimos años de la década de 1970 y la década de 1980, es decir, el tiempo de la apertura, el destape y la aparición de los movimientos posvanguardistas), de un lugar (la zona sur carioca y sus equivalentes paulistanos, el núcleo de la burguesía ilustrada) y así, por añadidura, de la poesía brasileña contemporánea.

Ana Cristina Cruz Cesar nació el 2 de junio de 1952, bajo el signo de Géminis, en el barrio de Copacabana, en Río de Janeiro, en una familia de clase media, culta y presbiteriana. Su padre fue el sociólogo y periodista Waldo Aranha Lenz Cesar, también conocido por su destacada militancia ecuménica, y su madre, la profesora de literatura Maria Luiza Cesar. Tuvo dos hermanos: Flávio y Felipe. Cursó sus estudios en el Instituto Metodista Bennett, donde su madre daba clases, y desde niña su vivacidad intelectual y su talento fueron incentivados por el grupo familiar (a los seis años, cuando aún no sabía leer ni escribir, Ana C. le dictaba poemas a su madre, lo que demuestra su intensa y precoz actividad literaria). Mientras cursaba sus estudios primarios y secundarios en el Instituto Bennett fundó y editó el Jornal Juventude Infantil, y más tarde hizo lo mismo con el periódico Comunidade, de la iglesia presbiteriana. Durante el año que residió en Londres, gracias a un programa de intercambio, entró en contacto con la obra de escritoras como Emily Dickinson, Sylvia Plath y Katherine Mansfield, que la fascinaron y luego tradujo. En 1975 completó la carrera de Letras en la Pontificia Universidad Católica (PUC-Rio), e inmediatamente después prosiguió los estudios para una maestría en Comunicación, cuya tesis defendió en 1979 en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). También obtuvo, en 1980 y con una beca de la Rotary Foundation, un Master of Arts en Teoría y Práctica de la Traducción Literaria en la Universidad de Essex, Inglaterra. Durante su estadía en Europa viajó por Francia, Italia, España, Grecia y Holanda.

Luego de una vasta y temprana actividad como poeta y traductora en periódicos y revistas alternativos de Río de Janeiro, su poesía obtuvo un reconocimiento contundente con la publicación, en 1976, de la antología 26 poetas hoje, organizada por Heloísa Buarque de Hollanda, que fue la plataforma de lanzamiento de la llamada “poesía marginal” o “generación mimeógrafo”. En ediciones independientes Ana C. publicó Cenas de abril (1979), Correspondência completa (1979) y Luvas de pelica (1980, impreso en Inglaterra). Su disertación de maestría, Literatura não é documento, que versa sobre la presencia de la literatura brasileña en el cine, fue publicada por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC / Funarte) en 1980, y en 1982 la Editora Brasiliense, editorial comercial paulistana de mediana envergadura, publicó A teus pés en una edición de bolsillo que incluía poemas inéditos y sus tres libros anteriores, y que rápidamente se transformó en un referente para las nuevas generaciones (en 1992 ya iba por la octava edición).

Desde su trágica muerte -Ana C. se suicidó saltando por la ventana del departamento de sus padres en Copacabana el 29 de octubre de 1983-, su importancia como poeta, sumada al mito creado en torno a su imagen, no ha hecho más que crecer. A partir de 1998 su acervo personal quedó al cuidado del Instituto Moreira Salles, en Río de Janeiro, que promueve exposiciones, cursos y ediciones cada vez más lujosas de la poeta y sobre ella. Póstumamente, Armando Freitas Filho organizó los libros Inéditos e dispersos (1985, prosa y poesía), Escritos da Inglaterra (1988, ensayos), Escritos do Rio (1993, artículos periodísticos y ponencias), Crítica e tradução (1999, que reúne los dos anteriores, más Literatura não é documento), además de Correspondência incompleta (1999, en colaboración con Heloísa Buarque de Hollanda). En 2008 Viviana Bosi organizó Antigos e soltos (poemas e prosa da pasta rosa).

Los principales diarios del país comunicaron la muerte de Ana Cristina Cesar definiéndola como “una de las mayores autoras de poesía de la generación del 80”. En un artículo publicado en la Folha de São Paulo el 31 de octubre de 1983 y titulado “Ana Cristina, o salto da poesia para a morte”, Heloísa Buarque de Hollanda, de quien Ana C. había sido alumna y amiga, la caracterizó como “la escritora brasileña más importante de los últimos tiempos”. Armando Freitas Filho, su amigo de siempre, dijo haber hablado con ella por teléfono una media hora antes de su muerte. Ana le había confesado que se estaba sintiendo “entrampada” y que quería que el médico le recetara algo que la hiciera llorar. También mencionó su falta de interés en seguir viviendo. Armando intentó animarla, pero ella se mostró irreductible. Como se encontraba bajo tratamiento médico y con acompañamiento terapéutico día y noche, Armando pensó que superaría la crisis. Desde su regreso de Londres en 1981, Ana Cristina -una chica de pocas palabras pero de expresión luminosa y sonriente, que había sido contratada por la Rede Globo para hacer investigaciones y escribir libretos de telenovelas- había sufrido varias crisis depresivas y se sentía cada vez más fuera de lugar. Ese mismo mes ya había intentado suicidarse arrojándose al mar. No dejó mensajes ni cartas de despedida. Solamente poemas.

Décadas después de su muerte, ocurrida cuando tenía sólo 31 años, la escritura y la vida de Ana C. continúan presentes, activas y en plena expansión a través de sus ecos en la poesía de los jóvenes; en antologías, traducciones y adaptaciones de su obra para el cine documental y el teatro; en publicaciones de inéditos, dibujos, borradores y notas, y en numerosos y ricos estudios dedicados a su producción literaria. Son muchos los elementos que confluyen para la enorme repercusión e institucionalización de la obra de Ana C. Entre ellos, la creación de una suerte de hagiografía en torno a su figura, una sacralización ciertamente acrítica que es producto del impacto causado por su muerte trágica y prematura, la fotobiografía publicada póstumamente (que la muestra como una joven, bella y rubia poeta suicida), y las dificultades que presenta su lectura y que frecuentemente transforman aquellas señales de inadecuación y sensualidad en un simple mito romántico y una historia de martirio. Pero los lectores de Ana C. no se dejan seducir por el drama personal, y sí por la palabra ambigua, por el aire de misteriosa intimidad, por los secretos apenas revelados y por las confesiones puntuadas por el disimulo. Autora de un intrigante y complejo discurso poético (que la distingue y la distancia de los otros exponentes de la poesía marginal), Ana C. parece inventar una intimidad que se naturaliza y se urde en los límites entre confesión y literatura, y en un juego de desplazamientos, máscaras y disfraces (sintomáticamente, el título original de A teus pés era Meios de transporte). El sujeto poético de sus poemas jamás se muestra, sólo se deja entrever en los intersticios, en zonas y estrategias de pasaje, en el espacio entre (en el cual ella también, podríamos suponer, se sentía entrampada), en un lugar en constante traducción (actividad a la que Ana C. se dedicó de forma constante y apasionada como traductora y ensayista), si pensamos, poéticamente, que la traducción es vislumbre, vestigio o memoria de un texto (un lugar) perdido.

-Renato Rezende, para la Nación

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