Aníbal Núñez, recobrado

 

Han pasado más de veinte años de la muerte de Aníbal Núñez (Salamanca, 1944-1987), lo cual generó, por la curiosa maldición de los números redondos de la que hablaba Vila-Matas, una serie de reediciones de su obra y un congreso sobre su obra. En este caso, el motivo es lo de menos, y lo importante es que la anécdota cronológica ha permitido recuperar algunos textos (unos publicados, otros no) y, sobre todo, recuperar la figura del propio poeta, que aunque siempre ha estado en el murmullo de las conversaciones y textos importantes sobre la poesía española del XX, no ha tenido, y en buena medida sigue sin tener, la gran atención que merece.

Las causas podían ser muchas, y podríamos tirar de tópico: su situación estética al margen, su compleja personalidad, su muerte (lo suficientemente tardía, siendo temprana, para no poder sumirlo en el rentable tópico del genio desaparecido en su juventud), etc. En realidad, mi hipótesis es que la obra de Aníbal Núñez no ha sido todo lo tratada que debiera porque la mayoría de críticos y profesores universitarios no sabían como afrontarla. A casi nadie le gusta sumergirse en una obra donde el sentido está siempre en retorsión, la sintaxis en fracturamiento y el significado en fuga, donde se tiene la impresión de no encontrar nunca un apoyo firme en nada, real o simbólico (buen resumen apresurado, por cierto, de la semántica de muchos de sus poemas). Es decir: a pocos críticos y académicos españoles les gusta dedicarse precisamente a eso que se tendrían que dedicar, a verter su inteligencia lectora y erudición en aquellas obras que las necesitan, que requieren críticos exigentes. A la extricación de la mayoría de los poetas de la normalidad pueden dedicarse los niños de cinco años. Las obras como la de Núñez reclaman a gritos, precisamente, a los mismos lectores especializados que, por miedo a caer en el abismo (cuando la crítica auténtica debería vivir en ese precipicio) suelen mirar para otro lado, llegado el caso: a obras fáciles, asequibles, en las cuales el análisis, como en el de un resfriado, no tiene equivocación posible. Eso explica muchas cosas de la crítica española actual, de la enseñanza de la poesía española en universidades y de sus libros de texto; y eso explica también, por cierto, la nula estimación de esa crítica en los ambientes especializados internacionales de más rigor. Pero, en fin, seguiremos esperando anhelantes el momento en que nuestros doctores dejen los constipados de lado y se dediquen a ejercer la medicina de verdad, a la de salvar vidas (poéticas, narrativas) de verdadero valor. Sus errores, cuando los haya, serán más valiosos y pertinentes que sus antiguos y superficiales aciertos.

Señalan Fernando R. de la Flor y Esteban Pujals Gesalí que la obra de Aníbal Núñez está sustentada temáticamente (al menos, en buena parte) en un tema poco tratado en general en la poesía reciente, que es la desaparición del mundo rural y su sustitución fulminante por el urbano, que ha acaecido en apenas cien años. En efecto, la poesía española vivía a mediados y finales del XX en una curiosa dicotomía: o hacía como que todavía vivíamos en plena naturaleza (Claudio Rodríguez, Antonio Colinas, Alejandro López Andrada, Antonio Enrique, Vicente Valero –estoy exagerando, pero ustedes son inteligentes y me entienden–), con puntuales acercamientos urbanos, o defendía que nunca hubo campo y todo es entorno urbano (la mayoría de los poetas contemporáneos, entre los que me cuento). Hay poco poetas que se hayan situado en el medio. Fermín Herrero, un poeta cuya mirada a este respecto siempre me ha parecido muy sugestiva, se colocó en ese lugar entre dos aguas, escribiendo sobre o desde esa periferia exterior de las grandes ciudades, en la que los primeros huertos se juntan, mezclados sin discontinuidad, con los últimos polígonos industriales. Aníbal Núñez se coloca en otro lugar intermedio, en el proceso de extinción de aquel mundo rural para comenzar a narrar el urbano. Tiene un poema en Alzado de la ruina(Hiperión, 1983) donde leemos: “atrás quedaban / las dependencias las roderas / la belleza vacante y casi oculto / entre chumberas y naranjos / el huertecico el valle / para llorar y para retirarse / a meditar sobre los tiempos / agradecidos aunque estupefactos / ante un cadáver del que nacen trinos”. Creo que para él la naturaleza es precisamente ese “cadáver del que nacen trinos”, algo ya en franca descomposición orgánica, en fase de llegada al desperdicio (en el sentido de falta de utilidad económica), pero que aún, por su belleza intrínseca, es capaz de generar trinos (naturales y simbólicos, esto es: cantos de aves y cantos de vates).

Sobre el concepto de extinción en Núñez habla el inteligente ensayo de Antonio Méndez Rubio, una de las mentes más luminosas de nuestro tiempo, en el libro colectivo, editado por Miguel Casado, Mecánica del vuelo. En torno al poeta Aníbal Núñez, publicado por el Círculo de Bellas Artes (sello editorial que de un tiempo a esta parte está construyendo una biblioteca imprescindible). En este volumen se agrupan amigos y poetas cómplices, y también poetas más jóvenes para los que la obra de Aníbal Núñez ha sido un claro referente. Hay, por ello, gran heterogeneidad de textos, desde los más biográficos y personales, como el de José-Miguel Ullán, hasta los críticamente densos, como el del compilador Miguel Casado, que escribe con su perspicacia crítica habitual. Otras aportaciones, como la de Mariano Peyrou, parten de la obra de Núñez para hacer una sugestiva elaboración sobre uno de los temas claves de la poesía del salmantino, la dialéctica entre realidad y representación (elemento esencial, no por casualidad, de la obra de Peyrou). A juicio de Casado, los temas o hitos de la poesía de Aníbal Núñez serían: “un escenario mezclado de ruina arquitectónica y paisaje natural, el debate acerca de la realidad y su representación, la separación irreductible entre lo humano y la naturaleza, la belleza, el azar, sus vínculos con la vida personal” (p. 70). Sí, varios de ellos son temas románticos, pero teniendo en cuenta la Ilustración poética que tuvimos en España, y la ausencia casi total de Modernidad, aparte de las reelaboraciones cernudianas, lorquianas y juanramonianas de las vanguardias y el alto romanticismo europeo, pues mejor postromanticismo que nada, me temo. Pero ese es otro tema, apasionante, por cierto, al que si quieren volvemos otro día. Lo importante de este pequeño volumen es que es muy recomendable, no sólo porque la mayoría de los textos sean muy interesantes, sino porque la mayoría de los autores, como es lógico, hablan de su concepto de poesía (o de crítica) al enfrentarlo al de Núñez. Y hay poetas y críticos aquí muy importantes: además de los citados, Carlos Piera, Olvido García Valdés, Jenaro Talens, Fernando R. de la Flor, etc.

Por cierto, y ya que sale su nombre, tengo que respetar y respeto la opinión de mi estimado y admirado Fernando R. de la Flor y de Esteban Pujals, que firman el prólogo a la edición de Hiperión de laObra poética, I (1995), para quienes la singularidad de la obra de Núñez hace imparagonable su estética con ninguna otra de su tiempo (p. 17). Pero a mí sí me parece –no te enfades, Fernando– que la obra de Núñez si tiene algunos elementos en común con la de algunos novísimos coetáneos a él. La obra temprana del salmantino en 29 poemas tiene muchas similitudes con la coetánea (1967) de Antonio Martínez Sarrión, Teatro de operaciones, y con otras del momento. Así, citas en otros idiomas, ausencia de signos de puntuación para reproducir el habla cotidiana, apelaciones a la cultura popular, poemas dedicados a las tragaperras o la basura (“Todos los desperdicios”), cierta ironía social, versos de canciones soul, son detalles que lo convierten, no en un novísimo precoz, pero sí en alguien con indudables puntos de acercamiento a ciertos novísimos (Sarrión, Panero, Vázquez Montalbán). La aparición posterior del imaginario norteamericano (Estampas de ultramar, escrito en 1974) le acercaría al Gimferrer de La muerte en Beverly Hills (1968), aunque la resolución estética, por supuesto, sea diferente. Por no hablar de que se comparte la oposición ante la estética dominante anterior, la poesía social: la ironía característica de Núñez, por ejemplo, le hace escribir un poema titulado “Irresistibles ganas de escribir un poema social”, con un contenido brutal y deliberadamente burgués, en el cual me parece ver una soterrada crítica a la doble conciencia o doble moral de alguno de los poetas sociales de mediados del XX (también denunció esa doble moral, en su momento, incluso autocríticamente, Jaime Gil de Biedma). En realidad, la clave la da Miguel Casado cuando apunta a que todo lo importante de la obra de Núñez se puede resumir en “núcleo de una reflexión acerca de la realidad y el lenguaje” (p. 71). Así es. ¿Y qué otra cosa era, en su momento, la mejor obra de los novísimos mejores? De ningún modo puede establecerse como una característica general de los novísimos, sea entendidos en su estricto sentido (los antologados por Castellet) sea en sentido amplio (los recogidos por Rosa María Pereda, más Vázquez Montalbán) que fuera la huida, el tan citado escapismo culturalista, una de las características generales del grupo. Muy al contrario, la poesía (y no digamos el talante personal y la posición política) de autores como Martínez Sarrión, Vázquez Montalbán, Talens, Azúa y alguno más demuestra justo lo contrario: la voluntad de quedarse contestando. Pero no, evidentemente, detrás de una barricada distinta de la del poema, o al menos no de forma preferencial. Estos poetas tienen muy claro lo que son –escritores– y la forma más lógica en que deben plantear su resistencia –escribiendo–. El problema es que como explicaba Juan José Lanz[1], esta vertiente no era la que más interesaba destacar a Josep M. Castellet, quien, por ejemplo, elige de Una educación sentimental de Vázquez Montalbán los poemas menos comprometidos, colocados en la tercera parte del libro, “Ars amandi”. Pero esta es otra historia, apasionante también, que también dejamos para otro día. La cuestión es que, para mí, cierta obra de ciertos novísimos, no siempre incluidos en la tan mentada antogía, es una indagación radical sobre las posibilidades del lenguaje como vehículo expresivo de la realidad, y que esa indagación, como hemos visto, es la almendra nuclear de la poesía de Aníbal Núñez.

El propio Fernando Rodríguez de la Flor, en colaboración con Germán Labrador, es parcialmente responsable de las otras dos ediciones que hoy queremos señalar, la reedición del libro de Núñez, Estampas de ultramar (Diputación de Salamanca, 2007), a los veinte años de su muerte, y la publicación de los Cartapacios [1961-1973] de Núñez (Fundación Premysa, Béjar, 2007), ejemplar como forma de “ecdótica de lo contemporáneo” (p. 13), y muy importante para rescatar el archivo no sólo de Núñez, sino también de todo un conglomerado de elementos esenciales para establecer el campo literario de los últimos años del franquismo y la entrada en la democracia. El resultado, treinta y seis poemas inéditos, pertenecientes a la etapa temprana del poeta (1961-1973), pero que en algunos casos pueden dar la medida, secundaria quizá, de papperback, como dicen los compiladores con una pequeña errata léxica, de lo que sería después la obra visible y organizada del poeta. Muchos de estos poemas jóvenes y descartados dicen más que algunas obras canonizadas enteras. Pero, sobre todo, lean la Obra poética publicada en dos tomos por Hiperión en 1995. En algunos casos, entenderán a la primera el compromiso radical, político y poético, de piezas como ésta:

EXPLICACIÓN DE LA DERROTA

Se sentó ante las líneas enemigas
en una mecedora, sorteaba
los disparos, sonriendo: la primera
bala la había alcanzado mortalmente
Se seguirá meciendo
hasta dejar sin munición a todos.

En otros a lo mejor cuesta algo más detectarlo. Dedíquenle un poco de tiempo. Al principio puede que les cueste entender del todo a Aníbal Núñez (si es que entenderle del todo es posible), pero no se preocupen: muy pronto él les entenderá a ustedes.

-Vicente Luis Mora

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