Manuel Ramos Otero, un paraíso en cantos

 

Recientemente he estado pensando en Manuel Ramos Otero. Este rememorar y pensar no ha sido gratuito. Evidentemente, el evento llevado a cabo el 6 de octubre de este año en la Universidad de Columbia para celebrar la adquisición de los archivos de Ramos Otero, junto con el texto tan conmovedor de Consuelo Arias, han ayudado a este ejercicio constante de la memoria. Empecé a leer a Ramos Otero en la década del ochenta. Y todavía lo leo con mucha frecuencia, cuando lo enseño en mis clases o a veces cuando me encuentro varada en mi residencia en Nueva Jersey por alguna de las múltiples tormentas de nieve que se han convertido en el “new normal”. He decidido compartir algunas de mis lecturas de Ramos Otero, porque se acaba el año, y porque me quise regalar un día de escritura y lectura con Ramos Otero. Quiero leer a Ramos Otero sin los andamiajes del vocabulario teórico o el aparato crítico que usualmente acompañan mis intervenciones académicas, para compartir el Manuel Ramos Otero que yo he disfrutado con los años. Lo leo en este momento sin las referencias a los artículos críticos que se han escrito sobre su obra, y sin la culpa teórica de quien no cita a los demás. La cronología de lectura que comparto responde a mi propio itinerario por la obra de Ramos Otero, y no obedece a la cronología histórica ni al ímpetu pedagógico que anima mi escritura académica. En mis fantasías he pensado este ensayo como una lectura “unplugged”, esnúa o simplemente espontánea de mi experiencia de lectura y aprendizaje con su escritura. No propongo una lectura más auténtica, ni más cercana a los significados últimos de las narrativas, ensayos y versos que comentaré muy desorganizadamente aquí. Sólo propongo una lectura propia, y quiero pensar que mi título le habría parecido quizá simpático al Ramos Otero que he inventado a lo largo de los años, por medio de sus relatos, así como a través de las anécdotas que muchos amigos han compartido conmigo del Manuel que ellos conocieron.

Desencuentros

La casa es igual. No puede comprender lo que ocurre fuera de ella. Existe dentro de sí misma con esa sobriedad que exaspera” .

—Manuel Ramos Otero, La casa clausurada

Nunca conocí a Manuel Ramos Otero, pero después de leerlo por tantos años estoy segura de que él me conoce a mí. Empecé a leer los relatos de Ramos Otero en un curso de estudio independiente con Malena Rodríguez Castro y recuerdo cómo me intrigó la dificultad de la lectura. “La casa clausurada” es un relato que se refugia en el mundo imaginario de la casa materna a la que el narrador no accede. Es el hogar que Roberto Bracero D’Paso rememora al mismo tiempo que deja atrás. Es un cuento proustiano, como lo confiesa el narrador, un relato en el que la acción está diferida para cederle casi la totalidad de la trama a la descripción, el recuerdo, la sugerencia. La madre de Roberto ha muerto la noche antes… el narrador llega hasta la casa materna y se detiene frente a la puerta cerrada…

Contrario al gesto conservador que anima el final de Los soles truncos(1958) de René Marqués, el final de La casa clausurada conserva el recinto doméstico y materno, pero sin que el narrador permanezca allí. De ese modo Roberto evita el movimiento nostálgico del pasado personal y nacional: “Pero eso, antes de sentir los goznes negros de la puerta chirrear mientras la abro. Espero un momento. La oración truncada del pensamiento que se queda adentro y no sale, no se ofrece. La puerta, cubierta de una lepra de pintura vieja, quisiera que la dejara abierta y el olor de los ancestros me golpeara el alma” (68). La oración truncada, el ritmo desasosegante de las palabras, resonaron para mí con otra serie de preguntas muy distintas a las interrogantes comunes entre los escritores que podríamos considerar como de la misma generación de Ramos Otero. ¿Cómo era posible que un cuento que se arma a partir de la reticencia a entrar en el espacio materno, un relato que se arma a partir de la renuencia a la melancolía, pueda transmitir una sensación tan plácida, tan satisfecha de sí misma? Desde ese momento me convertí en fan de Ramos Otero, y busqué sus textos con asiduidad de coleccionista. Ramos Otero murió casi al mismo tiempo en que yo me iba de Puerto Rico por primera vez, y sus cuentos me acompañaron en el primer viaje prolongado al otro lado del charco que no era en Nueva York, sino en California.

Cruzando espejos

Lloro porque la amo y quisiera apretarla a mi pecho, porque quiero besarle esa cara cubierta por una costra de recuerdos indefinidos, porque quisiera tomar sus manos y descansar mi cabeza entre ellas, porque quisiera que Amelia se fuera volando mientras yo le trazo una ruta segura.
—Manuel Ramos Otero, Noches de asma

Confieso que nunca he enseñado Noches de asma. Este cuento me desarma. Amelia ocupa el espacio de ese afecto familiar e incómodo, inclusivo y aniquilador de la nana y cocinera de “la gran familia puertorriqueña”: “Creemos que porque su forma de confeccionar el pollo al fricasé los domingos para el almuerzo es única (y dicho sea de paso es exquisita, con un sabor suave y desapercibido a plato francés de restaurante de lujo), y porque le damos una palmada en el trasero cada vez que se acerca al comedor con la bandeja derretida en aromas y sabores, su felicidad le llega y ya cumplimos con nuestro cometido”. El narrador nos lleva al lugar incómodo del relato sobre la familia de clase media que reconoce su humanidad en la negación del subalterno, pero no nos lleva al reclamo de la humanidad de Amelia fuera del circuito de la afectividad familiar: “Nos agrada saber que Amelia ha pasado su vida junto a nosotros evadiendo otra clase de vida que le aparte. Nos agrada saber que somos más humanos pero desconocemos que nuestra humanidad consiste en deshumanizar a Amelia con nuestro cariño de toronjas teñidas de color de rosa para las amigas de mamá cuando vengan a la demostración de productos de Stanley para el hogar moderno”.

El cuento entero es un largo verso, un experimento con la cadencia, con el ritmo, con la sugerencia. El momento clave que vincula a Amelia con el narrador son las noches de asma. Amelia acompañaba al narrador cuando era chico durante sus incidentes asmáticos y le prometía un espacio alternativo al que accedería soñando con espejos: “Los espejos son de agua y si quieres los alcanzas con la mano y después los cruzas para encontrar el mundo que te dé la gana”. Quizá una referencia a Through the Looking Glass, and What Alice Found There (1871), de Lewis Caroll, o quizá una referencia literal, el espejo se transforma en este relato en ese mundo en el que se suspenden las lógicas de lo doméstico. No se trata del espejo lacaniano… sino del espejo de Carroll. Es precisamente esa complicidad entre el narrador adulto que rememora su cercanía con Amelia cuando era niño lo que define un afecto que permanece intacto con el paso del tiempo. El narrador parece que condena y condona al mismo tiempo esa relación familiar con esta mujer que ha crecido en la familia, es como de la familia, pero nunca llega a ser parte de la familia: “¿Qué haremos cuando Amelia se marche? ¿Qué haremos cuando Amelia se muera? Amelia es el único eslabón de nuestras relaciones artificiales. Es por eso que nos sentimos tan grandes, tan humanos, tan oprimidos por la pobreza de nuestra soledad. Es por eso que no sentimos que somos opresores de su belleza tranquila. Por eso la persigo en mis momentos asmáticos para que se convierta en bálsamo esta noche” . En el relato, esta mujer que es “un tanto hipótesis, un tanto teoría, un tanto proposición que respira” , funciona como musa, dispositivo familiar a fin de cuentas inexistente, e índice de las desigualdades perversas que constituyen los afectos más íntimos. En la obra de Manuel Ramos Otero el afecto es a menudo terriblemente hermoso, perverso y cruel.

Compartí este relato con mi padre en una ocasión en que estuvo en el hospital. Lo consideró un regalo y me pidió más cuentos de Ramos Otero, con urgencia. A veces comparto este relato con mis estudiantes, pero nunca en clase. Este cuento es un regalo que suelo revelar a quienes intuyo comparten la debilidad por la ficción que se atreve a ser lírica, algunos son poetas, otros cuenteros incorregibles, como Manuel. Es simplemente un texto tan hermoso que solo necesita una lectura pausada y amorosa para ser. Tras la lectura cómplice solo resta el silencio satisfecho y entendido. Es un texto tan bello.

El giro de-culo-nial

…y que han convertido a la Isla del Encanto, en una colonia desencantada con su realidad, en un paraíso en cantos que más se asemeja a un rompecabezas con piezas perdidas y a los puertorriqueños en clientes obsesivos de un Super-mercado que no les pertenece. (71)

—Manuel Ramos Otero, De la colonización a la culonización

Los ensayos de Ramos Otero se han leído mucho menos de lo que merecen. Leo dos de esos ensayos con frecuencia, porque los uso en mis clases. Ficción e historia: Texto y pretexto de la autobiografía (1998) es una reflexión sobre la relación inestable y provocativa entre la historia y la ficción a partir del lugar que la autobiografía ocupa en la obra de Ramos Otero como cuentero. En este ensayo se puede detectar la voz juguetona y revoltosa de Ramos Otero, que se detiene a considerar la relación entre el cuentero, la mentira, la traducción, la imaginación: “Quiero pensar que mi escritura no comenzó conmigo. Quiero pensar que mi escritura es ese diálogo incesante con todos los cuenteros que, como yo, en un momento lunaroso de nuestro personaje asumimos lo que con toda lógica de sapo habíamos aprendido y que de momento se disolvió con la locura de ser ese escorpión que ante todo defiende aquello para lo que la lógica no existe. Escribo esta ficción que afortunadamente me ha vuelto histórico porque la palabra escrita de un cuentero es historia subrayada, escribo esta historia porque sé que la historia me alucina, me vuelve justo al territorio de la cuneta eterna de todos los juglares que por ser lo que son no tuvieron que justificarse en la demandas exteriores que intentan organizar las palabras como si fueran artículos de vendedores ambulantes” .

Para Ramos Otero la ficción abandona la historia y obedece a los imperativos internos de sus personajes. Cada personaje está escrito de una manera específica que no obedece a la lógica de la vida diaria, a la verosimilitud, o al afán de supervivencia. Los personajes responden a la tensión de la ficción y la historia que se articula “entre lo que Borges resumió, con tanto acierto, como la simultaneidad del tiempo y la sucesividad del lenguaje”. En su reflexión sobre ficción y autobiografía, Ramos Otero insiste en el acento del yo que se transforma en toda una serie de personajes “que se escapan de todos los prejuicios inventados por la falta de locura y de imaginación” . De ahí que para Ramos Otero sea una coincidencia feliz que en español, “cuentero” se utilice simultáneamente para referirse a quienes escriben cuentos y a quienes meten embustes. Y este ensayo le sirve como recinto discursivo en el que la reflexión crítica se confunde con la travesura de la imaginación. Su ficción es, a fin de cuentas, la “traducción de la autobiografía,” (141) ese decir donde la gramática falla, y donde es posible un cuentero nacido en un pueblo de embuste, la Atenas de Puerto Rico, “que a minutos del pueblo estaba el mar, la playa de Palmira Parés, de la Mujer del Mar…”.

El segundo ensayo que leo con frecuencia es De la colonización a la culonización (1991), donde Ramos Otero analiza el ensayo puertorriqueño para comentar El país de cuatro pisos de José Luis González (1979-1980),Los desastres de la guerra: para leer a René Marqués de Arcadio Díaz Quiñones (1979, 1982) y Una noche con Iris Chacón de Edgardo Rodríguez Juliá (1986). Este es quizá uno de los textos de Ramos Otero que se ciñe más al lenguaje, tono y estructuras académicas más tradicionales, pero aun aquí el autor encuentra la forma de desbordar las convenciones del género. No es sorpresa que a Ramos Otero le interese destacar las conexiones de la cultura puertorriqueña con el Caribe mulato y negro. Lo que resulta interesante aquí, sin embargo, es que Ramos Otero se detiene en las fracturas del discurso nacionalista puertorriqueño, y lo define como un discurso que se erige de espaldas a las culturas populares, a las identidades mestizas y a los vínculos antillanos del país. Puerto Rico se transforma, en el archivo de Ramos Otero, en un “rompecabezas de nuestra historia colonial [que] encuentra varios Puerto Ricos en pugna”. La literatura puertorriqueña, por otra parte, surge también con una de las imágenes gráficas de Ramos Otero: “Como una bebé políglota obligada a nacer de culo, la literatura boricua tendrá el ceño serio o jocoso, actitudes pudorosas o descaradas, será de alta o baja cuna, y comprenderá que la única pureza que podrá llevar con orgullo es la verdadera pureza de su mestizaje, de su contaminación de razas y de voces que al manifestarse dejan de ser tartamudas sobre su propia historia”. Según Ramos Otero, la historia cultural del país se desarrollará a partir de la pugna entre los diversos imaginarios del sector letrado criollo, nostálgicos por una “vieja felicidad colectiva” inventada por Pedro Albizu Campos para enfrentar el colonialismo estadounidense, y la proyección futura de los sectores populares que aspiran a encontrar un mejor lugar como parte de la relación ambivalente entre la Isla y los Estados Unidos.

En ese contexto que se ubica entre la mitificación del pasado y la invención del futuro, el culo se convierte en el “mito en carne y hueso (más carne que hueso) de Iris Chacón, la figura de mayor popularidad en nuestro país, supuesto símbolo de nuestra sexualidad e innegable símbolo de la sociedad de consumo”. Ramos Otero despliega aquí varios movimientos interesantes. Por una parte, contrasta el mito del pasado y la invención del futuro con la experiencia material (y no objetiva) del deseo en el presente. Por otra, destaca el sexismo (y aunque no lo dice explícitamente, la heteronormatividad) desde los cuales se monta el símbolo culófilo de Rodríguez Juliá. Sin embargo, Ramos Otero acepta, o más bien transforma, la metáfora del culo para pensar en la condición crítica en que se encuentra Puerto Rico a fines de la década del 1980: “En el banquete imperialista de la colonia, hemos vuelto los ojos hacia la Gran culonia para olvidarnos del otro culo imperial que por tanto tiempo venimos hueliendo. Si su autor no pretende esta interpretación de su texto, no hay remedio, el papel aguanta todo lo que le pongan”. Ramos Otero, como lector perverso y aventurero, al fin, comparte con nosotros su desliz. El culo como metáfora deviene en goce, sin perder su ojo crítico (pun intended): “parece ser que nos hemos convertido en nuestro propio espectá-culo degradante, y de la colonización hemos llegado a la culonización excusando los errores de juventud, las metías de pata de viejo, envejeciendo prematuramente sin chochear… aunque eternamente culeando nuestra identidad (o a lo mejor cool-eándola)” (76). Irreverente y juguetón como pocos, para Ramos Otero el giro de-culo-nial surge del goce que hace posible la experiencia concreta de una puertorriqueñidad mulata, antillana y diaspórica que no se refugia en los discursos identitarios sino en la creación de una literatura bien escrita.

Marítimas

“Entonces, uno se exila en el amor, como en las ciudades”.

—Manuel Ramos Otero, El cuento de la mujer del mar

El cuento de la mujer del mar merece sección aparte por varias razones. Primero, por la portada tan hermosa de su libro… quizá la foto de la misma madre cuya casa permanece clausurada. Pero además, porque en este relato se traza el amor diaspórico, juguetón, perverso e imposible de Ramos Otero. Ángelo y el narrador inventan la historia conjunta de Palmira Parés y Vicenza Vitale para posponer el fin de una relación amorosa moribunda: “Nada es más ambiguo que la palabra. Ni siquiera los espejos”. Desde Christopher Street hasta calles remotas en Puerto Rico y en Italia, en diálogo con la poesía de Julia de Burgos y de Luis Palés Matos, presenciamos a menudo “el cuento de una mujer que no existió”. Este relato ilustra de un modo magistral la reflexión sobre ficción, historia y autobiografía de Ramos Otero en su ensayo que antes comenté. La mujer del mar es la historia de un amor entre dos sujetos diaspóricos que se inventan la ficción de una mujer que vive entre el inglés niuyorquino callejero, el espanglish boricua y el italiano de los ferrocarrileros sicilianos de la New Jersey Central Railroad. La mujer del mar es una viajera fatigada que se pierde cuando intenta cruzar espejos. Mujer de tránsitos entre hoteles, calles, espejos y mares, personaje sin otra lógica que representar los avatares de un amor que “es una decisión irrevocable”.

Con la mujer del mar yo aprendí a desear en queer, meses antes de mi segunda partida: “No. Uno no existe. Existo cuando el otro es de uno. Se existe cuando uno es del otro y se cierran los ciclos. El otro tampoco existe. El otro es uno, pero sólo, cuando aprende a ser uno como es uno, cuando el otro se realiza poco a poco, escapando a los vientos, libremente esclavo en el amor. No. El otro no existe. Uno va creando a sueños y palabras, a manos y pisadas, sometiéndolo a la lenta costumbre del amor. Entonces, uno se exila en el amor como en las ciudades”. Confieso otra vez. Siempre he leído ese cuento en femenino, y en las modulaciones de esas frases laberínticas de Ramos Otero encontré y perdí a mi mujer del mar, confundida entre Vicenza Vitale y Palmira Parés: “El pelo enjambrado de abejas de Palmira Parés; las greñas de noches caracoladas de Filimelé. Las dos besándose en la niebla y el salitre del espejo, las dos salpicadas por los marullos del mar y del amor” .

No sugiero que Ramos Otero haya sido mi primer escritor pato. Eso sería un dislate tan hiperbólico que ni con licencia poética me atrevería a proferirlo. Pero sí me atrevo a decir que Ramos Otero fue el primer escritor queer con que me identifiqué, mucho más allá de su patería o de la apertura con la que describía su deseo. En Ramos Otero me conmovieron su romanticismo y su satería a ultranza. En estas narrativas el amor (que es deseo) no se puede contener en un solo relato, y por ello siempre es una trama imposible con la cual el narrador que es personaje lucha constantemente hasta perderse.

Poética queer

¿Qué somos sino un puerto de partida
bahía estancada en su propio movimiento
alcantarilla olorosa de una mítica llegada?
–Manuel Ramos Otero, Invitación al polvo

Leí la poesía de Ramos Otero cuando ya él había muerto. Siempre he encontrado fascinante su abrazo (con chino incluido) al ángel del amor, que es el mismo ángel de la muerte. Perverso, divertido, juguetón. En suInvitación al polvo (1991) encontré un animado diálogo con la poesía de Quevedo o Julia de Burgos o los relatos de René Marqués, entre tantos otros autores que se dan cita en estos versos. Pero más allá del intertexto, está la insistencia de un amor que habita en el deseo, que es eterno en el instante, que es culminación de vida y muerte:

Y más que la mentira que todo amor promete
amo la realidad que nos reúne en la cama
que nos gasta la piel de la lengua con erizos
que hace brotar puñales en el jardín de muslos
cada domingo muerto entre estos cuerpos.

Siempre me asombra en Ramos Otero la inmediatez y hermosura simple del deseo:

Tus manos José tus dedos José
tus brazos José tus hombros
tus labios José tus besos José
todo en mis manos José
todo tu cuerpo en mis manos
todo tu sudor José para mi único vaso
de carne cristal José de papel y de palabras
como un bolero José de barcos que al puerto llegaron.

O la complicidad de la historia que tiene un nombre que me resulta familiar:

Inusitado amado, qué es la noche
sino ese cuerpo sato del deseo,
ese sudor realengo que en la cama
vuelve a la carne esponja de la boca.

La poesía de Ramos Otero se refiere a la marginalidad del deseo homoerótico con intensidad y desparpajo:

La persecución nos une aunque también nos señala
nos apunta en cada parque, en cada calle, en cada playa,
quiere habitar aposentos y reglamentar lujurias,
regalarnos tumbas turbias que nos borren los deseos,
velarnos ojo por ojo, diente por diente arrancarnos,
hasta quel miedo de amarnos nos haga amar el olvido
y ese fuego prometido no pueda nacer del polvo.

Y con frecuencia hace también un guiño hacia la llegada de la muerte durante la pandemia del sida:

No solamente soy… me atrevo a ser
la dulce mensajera de una plaga,
la poeta emplumada por la ira
y la pluma iracunda de otra historia.

Cuando leo a Ramos Otero recuerdo también el antes y el después del sida que transformó a mi generación, cuya mayoría de edad llegó junto con la pandemia. Sus poemas, y su muerte, coincidieron con la de muchos amigos y familiares que se nos fueron en esos años. Sus poemas, sus cuentos, y sus inventos me sirvieron de consuelo en más de una pérdida.

Pero en Ramos Otero la pandemia es un horror que se enfrenta con atrevimiento. En la poesía de Invitación al polvo se dan cita el romance y la sátira, la nostalgia y la ira, el deseo y el humor que desarma hasta la muerte:

El único temor que abrigo es que la muerte
sea un insomnio eterno en un país fatal
sin cigarrillos, en un lecho sin fin
habitado por nadie, sin que nadie me clave,
como al otro, en un cielo que quiere ser cuneta.

Lo queer en la poética de Ramos Otero no es tan sólo el homoerotismo abierto de muchos de sus textos, sino la creación de un deseo que se abisma más allá de la muerte con la esperanza de que en el otro mundo aún haya cuerpos para retozar. Escritura, goce y placer se aúnan para que la imaginación o la locura no falten ni después de la muerte.

Homenaje a calzón quitao…

Se me quedan tantos Ramos Oteros sin recordar. Su cuento sobre los puertorriqueños en Hawai’i; el relato del romance del boricua diaspórico con Sam Fat, boricua negro de ascendencia china cuya madre conecta con varios archipiélagos coloniales; su otra isla de Puerto Rico, o su loca de la locura. Ni siquiera me atrevo a tocar La novelabingo, re-editada en 2011 y sobre la cual han escrito, entre otros, Rubén Ríos Ávila y Juan Gelpí. Ramos Otero era y sigue siendo todo un cuentero, un embelequero de marca mayor.

Una última confesión. La ventaja de quel autor esté muerto es que uno se puede conceder licencias poéticas. Ramos Otero nació el 20 de julio del 1948 en la Atenas del Caribe. Mi libro de horóscopos le llama a ese día “The Day of Ups and Downs.” Dice también que los nacidos en ese día don aventureros, inquietos e insatisfechos. Todo esto se parece al Ramos Otero que he inventado entrelazando su biografía y mi imaginación. Nuestro cruce supuestamente produce emoción y aventura y se rige por el deseo de mejorar los archivos o crónicas del pasado. “Friendships and love relationships can thrive here so long as they not only guarantee their partner’s freedom of thought and action but also direct the pair as an independent unit with shared aspirations” (Goldschneider and Elffers 355). De acuerdo con este libro tremendo, esta Tauro II valora la educación y el Cáncer-Leo la emoción de la hazaña. Le creo a mi libro de horóscopos con el mismo fervor con el que creo en las fantasías de Ramos Otero.

Mentí. Confieso de nuevo. Nunca he terminado de leer los cuentos o poemas de Ramos Otero. Tampoco he leído todos los poemas de Sor Juana, ni de tantos otros escritores. Es mi modo de mantenerlos vivos. Cada cierta cantidad de meses o años, me aventuro a leer un texto “nuevo” y me invento que Ramos Otero ha publicado otro cuento, otro poema. Espero que el archivo recién adquirido de la Universidad de Columbia tenga muchos materiales inéditos, cartas, retazos de papel, fotografías, listas de compra, doodles, teléfonos y nombres de posibles amigos y amantes que me restan por conocer. Todo parece augurar que esta relación imaginaria tiene mucho futuro por inventar. Es una nueva invitación al polvo a la que respondo con la simpleza de un “Pues dale…”

 

– Yolanda Martínez-San Miguel

“‘Un paraíso en cantos’: Barebacking con Manuel Ramos Otero”

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. El poema de José es el final de La Víspera del hombre de RM. Manatí está muy presente en sus escrito, es mucho más que una foto de portada. Al igual que su sexualidad, es algo que nunca se materializa por completo en lo que se escribió. Es una grata lectura encontrar este escrito sobre un gran escritor, que como tantos otros, recibió muy poco reconocimiento fuera de la academia. Su generación va rumbo al recuerdo. Deben quedar pocas personas que lo recuerden fuera de la oficialidad. Mi placer es saber algunos detalles de lo que escribe dentro de una historia que fue vivida. Muy elocuente el artículo.

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  2. consuelo arias dice:

    hola!!! me ha fascinado tu ensayo, me parece brillante e inovador!!! y gracias por citarme!!!!

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